La historia de nuestro secuestro

Actualizado: 7 de mar de 2020


En el año 2015 viví una temporada en la capital de México, hice las prácticas universitarias en el Consulado y la Embajada de España ubicadas en la capital del país latino. Fui completamente solo pero allí conocí a Irene, una chica de Granada que hoy es una valiosa amiga, y que junto a ella viví una de las experiencias más fuertes y peligrosas de mi vida. ¡Intentaron secuestrarnos en Acapulco! Ya han pasado unos años y lo hemos digerido hasta con humor, pero ahora os quiero contar nuestra historia...


El 9 de agosto es mi cumpleaños y decidimos tomarnos unos días de vacaciones e irnos a un pueblecito costero llamado "Pie de la Cuesta" a escasos kilómetros de la ciudad de Acapulco. No teníamos ni idea a donde ir y no se por qué elegimos dicho lugar, supongo que una oferta apetecible, fotos alucinantes en Google y un par de comentarios gancho que nos sedujeron. Tomamos un autobús desde la Ciudad de México hasta Acapulco, y desde allí un taxi hasta Pie de la Cuesta. Pasamos unos días increíbles en un hotel en primera línea de playa. Estábamos frente a una playa paradisiaca solo para nosotros dos, no había nadie más, tan solo algún grupo de turistas y familias mexicanas disfrutando del fin de semana. Nuestros cócteles, gafas de sol estrafalarias, música latina y hogueras en la arena de la playa junto a un grupo de argentinos que nos alegraron las noches entre brindis y compartiendo experiencias viajeras.


Todo excelente, de sueño, hasta las horas antes de marcharnos del paraíso...


Todo sucedió el último día, unas horas antes de marcharnos. A la hora de pagar el hotel, y ante nuestra sorpresa, no aceptaban tarjetas de crédito. Tuvimos que salir del hotel y buscar un cajero automático. Anduvimos durante 2 horas, preguntando por un cajero que estuviera de servicio. Eramos los únicos turistas que deambulaban por los caminos secundarios, carreteras y pequeños núcleos poblados donde nos encontrábamos. Débiles momentos de lucidez nos advertían de que la zona quizás no era segura, pero ya era tarde, llevábamos 2 horas perdidos y éramos los protagonistas del verano de nuestras vidas, nada malo podría pasar...


Caminábamos sin camiseta, ambos con el bañador, Irene es rubia y de ojos claros, los dos tenemos la piel blanca aunque nos creamos morenos y de explosiva estética bronceada, pero la realidad es otra. Caminábamos ingenuos ante la mirada atónita de los locales, nos sentíamos ante una pasarela natural que se asemeja a los paraísos que muestra la televisión. Pensando que llamaríamos la atención de algún grupo de gente guapa o de un caza talentos de Hollywood, pero lejos de nuestra fama y suerte, llamamos la atención de un grupo de secuestradores que peinaban la zona en una furgoneta negra y en busca de su objetivo.


En varias ocasiones, los comerciantes nos advirtieron entre bromas que este no era un lugar para nosotros. Pero hasta que a uno no le sucede algo como lo que nos aconteció, nos creemos invencibles y vulnerables, no nos podría pasar algo más que un susto, esas historias de homicidios y secuestros jamás serian para nosotros... somos jóvenes, buenas personas y además trabajamos en la Embajada... Nada malo nos puede pasar... a veces los privilegios se convierten en limitaciones y la ignorancia en el peor de los consejeros.


Caminábamos por el arcén de una carretera secundaria, un camino rural de asfalto deteriorado, una zona olvidada para las instituciones y sin seguridad. No había tráfico y recuerdo a las señoras mirarnos desde las ventanas de sus casa viejas de cemento gris. Esas miradas fueron la primera señal subliminal de peligro. Yo lo percibí pero no lo supe interpretar a tiempo. Pensaba que solo era un turista con estética extraterrestre pero era comunicación no verbal entre personas en peligro. Esas señoras no podían gritar y poner en riesgo su integridad dentro de la comunidad, y yo no podía entender nada brillante entre la resaca, el sol que quemaba como el infierno y nuestro estatus de concursante de reality show en una isla paradisiaca del caribe. Dos inconscientes en serios problemas...


Cantábamos canciones de series de televisión españolas y famosas bandas sonoras de películas. Bajo un calor horroroso y con una estética entre hortera y los posados de verano de Ana Obregón en las revistas de moda. Un cuadro, una escena surrealista digna de atraer una historia como ésta.


Frente a nosotros había una señora con dos niños de unos 6 años en la puerta de casa mirándonos fijamente, esa mirada me alertó y giré mi cabeza para mirar hacia atrás, la carretera que dejábamos a nuestras espaldas. Había una gran furgoneta negra a 10 metros de nosotros circulando a una velocidad muy lenta, semejante a nuestro paso, al de dos divas desfilando por el paraíso. Nos estaban siguiendo hace un buen rato, esta era la escena que la miradas de las señoras nos querías mostrar, nos estaban diciendo: "Mirad hacia atrás".


La familia se metió de forma nerviosa a la casa, la madre protegió a los niños y los escondió dentro. La furgoneta aceleró y recorrió los 10 metros de distancia que nos separaban, en unos segundos. Ambos paseábamos uno al lado del otro, Irene caminaba por el lado de la carretera y yo hacia el exterior. La furgoneta se puso a nuestro lado, al extremo izquierdo de Irene y yo la agarré y desplacé hacia el otro lado, poniendo mi cuerpo entre la furgoneta e Irene.


Caminamos unos segundos con la furgoneta a menos de un metro de nosotros, en silencio, bajo una presión que nos cortaba la respiración a ambos, ahí la escena dejó de ser ideal para darnos cuenta que estábamos dentro de una horrible pesadilla. La ventanilla del copiloto se bajó rompiendo la tensa situación. Con una sonrisa inolvidable para mi, nos ofrecieron llevarnos al pueblo más cercano, insistieron ofreciéndonos cerveza, drogas y buena compañía, lo tenían todo y debíamos montarnos porque en verdad nos estaban ayudando a que no nos pasara algo feo en esta zona tan peligrosa... Eran dos personas que se mostraban como nuestros mejores amigos. Nosotros nos negamos con tacto y seguíamos caminando mientras continuaban insistiendo y haciendo pequeñas maniobras extrañas con la furgoneta. Yo estaba más cerca de la furgoneta y con la mano alejaba cada vez más a Irene, escuché voces alteradas dentro de la furgoneta pero no podíamos ver nada.


Continuamos caminando por inercia unos segundos en silencio pero con la tensión de tener la furgoneta a un metro de nosotros. La situación llegó al límite y el chico de la ventanilla volvió a intervenir, pero esta vez sin sonrisa y de una forma más violenta, diciendo alto y claro "Cabrón, te la vamos a quitar".


En este momento, el hombre golpeó el techo de la furgoneta con el puño cerrado, el conductor aceleró para ponerse frente a nosotros y cerrarnos el paso. La puerta corredera de atrás se abrió violentamente dejando ver a tres o cuatro personas más en la parte del interior de atrás del vehículo. Del alma me salió empujar a Irene hacia fuera de la carretera, con un pequeño desnivel y un prado tras la caída. Empujé a mi amiga con todas mis fuerzas y poseído por el instinto de alejarla de la escena ya que sabía que su objetivo era llevársela a ella.


Una vez Irene fuera del escenario y corriendo por el prado de la derecha en busca de ayuda y ponerse a salvo. Intenté seguir sus pasos y saltar hacia el mismo lugar pero me agarraron del pelo y del brazo izquierdo con fuerza. Este es uno de esos momento en el que se te pasa toda la vida por la cabeza, no sabes bien como pero la realidad y el tiempo se congelan y en escasos segundos recuerdas todas y cada una de las cosas que han pasado en tu vida y que han hecho que te encuentres en ese mismo instante, en el momento y lugar equivocado.


De esa misma sensación brota una fuerza, suspicacia e instinto de supervivencia que no tiene mucha más explicación lógica. Con medio cuerpo casi dentro de la furgoneta y los pies apoyados en el borde de la puerta, logre empujar mi cuerpo hacia el lado contrario desde donde me tenían agarrado, logrando que las personas que me sujetaban, perdieran el equilibrio para precipitarse de la furgoneta hacia el asfalto. Esto hizo que me soltaran y yo pudiera saltar y salir corriendo lo más rápido que lo he hecho en toda mi vida.


Unos metros frente a nosotros y en otra carretera cercana, un autobús vio toda la escena y comenzó a pitarnos y hacer gestos para decirnos que nos montásemos. El conductor se saltó la ruta cotidiana y nos llevó hasta la puerta del hotel pero no sin antes echarnos la bronca y dándonos consejos y lecciones de vida. Nosotros muertos de miedo pero para el resto no parecía algo tan extraordinario.

Antes de acabar la publicación quiero destacar la frase que Irene me regala siempre que recordamos esta historia y que me hace sentir la persona más afortunada de este mundo: "Carlos, me salvaste la vida." No se cuantos de vosotros podréis imaginar el orgullo y amor que uno siente por la vida cuando de alguien tan querido recibe dicha frase... Para mi, le da sentido a mi propia existencia y hace que me siente muy orgulloso de como mi educación y valores me hicieron actuar frente a dicha situación extrema. Antepuse la protección de una amiga a mi propia seguridad.


Y aquí rompo una lanza por el pueblo mexicano, dolido profundamente por la violencia. México, junto a Tailandia y España son mis tres países que llevo tatuados en el alma. Los siento propios y dentro de mi. Los mexicanos, las personas normales, la gran mayoría... son extraordinarios, de las mejores personas que he conocido en mis 30 años de vida. México es un paraíso en la tierra, y su gente y culturas una joya para la humanidad. Grupos organizados e instituciones corruptas corrompen la realidad del país, sometiendo a la sociedad al miedo y la violencia. Enriqueciendo a unos pocos mediante el narcotráfico y la corrupción, impidiendo así el libre desarrollo del que sería una de las potencias mundiales económicas, patrimoniales y naturales más fructíferas del planeta.


¡Qué viva México!

¡QUÉ VIVA LA VIDA!